27 DE JULIO

SAN CELESTINO I, PAPA

MEMORIA OBLIGATORIA

 

San Celestino, uno de los más célebres sucesores de San Pedro que se han sentado en la Cátedra Apostólica, fue educado por su padre Prisco, natural de Roma, en el sólido principio del santo temor de Dios y aplicado á las ciencias. Como se hallaba dotado de un ingenio sobresaliente, hizo en ellas grandes progresos, los que, juntos con un natural como nacido para la virtud, formaron en Celestino uno de los jóvenes más cabales de su siglo, distinguiéndose ya en la juventud por la ejemplar religiosidad de sus costumbres, por su singular piedad y por su grande sabiduría. Consagrado obispo de Ciro, en la Siria, y condecorado con el título de cardenal de la Iglesia de Roma, en virtud de los méritos que contrajo en el servicio de la Iglesia, brillaba nuestro Santo con la capacidad más extendida, con la caridad más abrasada y con el celo más generoso por la religión, siendo la veneración de todos. Cuando ocurrió la muerte de Bonifacio, primero de este nombre, á los 25 de Octubre de 425, y en el 3 de Noviembre del mismo año, fue elevado á la Silla Apostólica, persuadida Roma que á la sazón no se reconocía sujeto más benemérito para la suprema dignidad. Los que eran afectos á Eulalio, obispo de Lipe, antipapa de Bonifacio, le insta-ron que viniese á la elección, con el fin de inquietarla; pero despreciando tan odiosas propuestas, reconociéndose, se apartó de todas sus pretensiones, y se celebró la promoción de Celestino en paz y tranquilidad, con contento y alegría de todos los verdaderos fieles. Colocado en el trono apostólico, gobernó según el concepto que tenía formado la Iglesia de Roma de su eminente virtud y grande sabiduría. Por su celo, siempre activo, se vio restituida á aquel su primer esplendor, á aquella serenidad que parece había obscurecido el funesto cisma. Aplicó Celestino todo su cuidado á unir las Iglesias con los vínculos de la caridad, y á prevenir anticipadamente todo lo que podía producir su división. Con no menor exactitud se dedicó á restablecer la disciplina eclesiástica, regular y secular, relajadas al abrigo de las banderías. Su solicitud pastoral tenía por objeto conservar el sagrado depósito de la fe y reformar las costumbres de todos los estados, no sólo con sus palabras y sabias predicaciones, sino con la eficacia de su ejemplo. Su vida era verdaderamente aus¬tera, sus penitencias continuas, y sus rentas de los pobres, de quien fue el más cariñoso padre.

El deseo que ardía en su corazón de dilatar el reino de Jesucristo le hizo enviar celosos misioneros apostólicos por varias partes del mundo, á fin de que resonase en ellas la voz del santo Evangelio; con cuya diligencia llegó á lograr la conversión de no pocas naciones envueltas en las miserables sombras de la muerte. Si no consiguió este triunfo en Irlanda y Escocia en la primera misión de su arcediano Paladio, con otros socios, porque se resistieron, aquellos naturales á su predicación, le concedió Dios este consuelo por medio de San Patricio, quien, habiendo venido á Roma á visitar los Santos Lugares que se veneran en aquella capital, conocido su espíritu por Celestino, después de tenerle consigo algún tiempo, y de haber probado su fe, doctrina y santidad, le consagró obispo, y le destinó á la conversión de la Irlanda, lo que ejecutó tan admirablemente, que mereció ser llamado el Apóstol de aquella nación.

Aunque todos estos laudables hechos bastaban para realzar el mérito de este insigne Papa, lo que más eternizó su gloria fue el ardor y actividad con que se dedicó á sofocar las perniciosas novedades que abrasaban la paz y los desvelos conque se aplicó á extinguir las herejías. Si en algún tiempo tuvo la Iglesia necesidad de un pastor, tan celoso y vigilante, de un Papa tan santo y tan sabio, y de una cabeza visible que fuese capaz de oponerse á los esfuerzos de la herejía, fue de Celestino.

Pelagio, hombre de grande ingenio, de vasta erudición y seductora elocuencia y enemigo capital de la gracia, se atrevió á negar la transmisión del pecado original en el género humano y la necesidad de la gracia, ensalzando tanto las fuerzas del libre albedrío, que sostenía que sólo con las facultades naturales podía el hombre cumplir los preceptos de Dios, justificarse y conseguir la salvación. Estos principios cardinales, de tan craso error, defendía su discípulo Celestio, hombre hábil y mordaz, con tanto empeño, que se llamaron sus secuaces celestinos, como pelagianos los de aquél. Juliano, otro discípulo del heresiarca, hombre erudito en letras divinas y humanas, sumamente elocuente y jactancioso, no satisfecho con proteger el error, tuvo la osadía de escribir varios libros contra San Agustín, ínclito defensor de la divina gracia, y contra la fe católica. Todos estos monstruos, que vomitó el abismo para inducir en los hombres las más perjudiciales máximas á la justificación y salvación, causaban en el Occidente daños irreparables, dignos de la más severa y enérgica corrección; pero armado Celestino de una fortaleza y un valor verdaderamente apostólico, los persiguió, pulverizó y anatematizó; refutó sus errores con sabias y eruditas cartas, y aun con el terror de las leyes imperiales, que se debieron á su infatigable celo; obligó á muchos de ellos á que abjurasen la herejía; aprobó los escritos de San Agustín contra los dichos sectarios, y recomendó su doctrina y santidad con los mayores elogios en la epístola que dirigió á los obispos de Francia. Con no menor brío se portó contra Agrícola, hereje de la misma facción, que había corrompido las iglesias de Inglaterra, enviando de Francia, para purificarlas del contagio con honrosa misión, á los dos eminentes obispos Gesmano Altisiodorense y Lupo Tricasino.

No fueron sólo los enemigos del Occidente los que experimenta-ron las victoriosas fuerzas del celo apostólico de Celestino. A los del Oriente alcanzaron sus solicitudes, sus desvelos y vigilancia pastoral. Muerto Sirinio, obispo de Constantinopla, fue elevado á aquella cátedra Nestorio, presbítero antioqueno, con tanto aplauso y aceptación, que se persuadieron los electores que había de ser otro Crisóstomo; pero, descubriendo á breve tiempo la perversidad que ocultaba en su corazón, se declaró autor de una inaudita herejía, que negaba fuese la Virgen Santísima Madre de Dios, asegurando deberse llamar Cristípara, y no Deípara, bajo el supuesto erróneo de establecer en Jesucristo dos personas, como dos naturalezas, contra el sacrosanto misterioso dogma, que cree y confiesa nuestra santa fe católica.

Apenas supo Celestino la execrable blasfemia, escribió inmediatamente á San Cirilo, obispo de Alejandría, para que le informase de la verdad: y habiéndolo hecho por medio de su diácono Dosidio, que envió á Roma con este objeto, volvió á escribir á aquel insigne prelado, para que interesase toda su sabiduría y autoridad en el reconocimiento de aquel nuevo sectario, y cuando no lo hiciese, arrepentido de su error, le excomulgase públicamente con todos los secuaces de la impiedad. También escribió á Juan Antioqueno, á Eufo de Tesalónica, á Juvenal de Jerusalén y á Flaviano Filipense, celebérrimos obispos de Oriente, para que se armasen y combatiesen contra el perverso autor de la herejía. Pero no habiendo tenido el deseado efecto estos paternales avisos, no satisfecho su apostólico celo con haber condenado al heresiarca pertinaz en un Concilio que tuvo en Roma en el año 430, valiéndose de la protección del emperador Teodosio el Joven, hizo se celebrase un Concilio general en Efeso en el año siguiente de 431, que fue el tercero de los ecuménicos, al que asistieron doscientos obispos con los legados apostólicos, que lo fueron San Cirilo, Arcadio y Fosisto, obispos, y Felipe I, donde fue condenado Nestorio con su herejía, desautorizado, desterrado y recluso en el monasterio de San Euprepio de Antioquía, donde falleció infelizmente; y aun se dice que antes de morir se le llenó la lengua de asquerosísimos gusanos que se la despedazaban, en castigo sin duda de las blasfemias que había vomitado contra la Santísima Virgen; y para que constase en todo tiempo lo que la Iglesia católica cree y confiesa sobre la prerrogativa de la Santísima Virgen, que negaba aquel infeliz, se decretó en el mismo Concilio que se añadiese en la salutación angélica la expresión: Santa María, Madre de Dios.

Las cartas que Celestino escribió á San Cirilo, al emperador Teodosio y al Concilio, que copió á la letra el cardenal Baronio en sus Anales, leídas en aquella celebérrima asamblea, causaron en los Padres admiración por el infatigable celo, grande sabiduría y vasta erudición que revelan en el asunto de la controversia, confesando todos á una voz que á su solicitud pastoral debían las iglesias orientales el verse libres de la pestilencial herejía nestoriana, y de un error que destruía toda la gloria de la Virgen Santísima.

En medio de esta universalidad de cuidados, tuvo tiempo para dedicarse al establecimiento de varios códices de disciplina eclesiástica, y para componer y arreglar diferentes partes de la Liturgia, que acreditan muy bien el celo con que se esmeró y condujo en el régimen de la Iglesia, y en que los divinos Oficios se celebrasen con reverentes al par que solemnes ritos y magnificencia. También logró, á fuerza de sus instancias, del emperador Teodosio que hiciese leyes y reglamentos para la mejor observancia de las fiestas, y que concediese muchas inmunidades á las iglesias, y privilegios á los clérigos.

No contento con la solicitud pastoral con que atendía á las necesidades de las iglesias, halló fondos para edificar y enriquecer los templos de Roma con prodigiosa magnificencia y liberalidad; prueba grande de su dilatado corazón y de su eminente piedad, á la que se debió la erección de la iglesia Julia, en la región séptima, cerca de la plaza de Trajano, que enriqueció con grandes donaciones, haciendo asimismo considerables dádivas á la Basílica de San Pedro. También adornó el cementerio, que construyó en una heredad propia, llamado, de su nombre, Celestino. Hizo tres veces órdenes en el mes de Diciembre, en las cuales creó 33 presbíteros, 11 diáconos y 64 obispos para diferentes iglesias.

Finalmente, los trabajos y fatigas apostólicas consumieron su salud; y colmado de méritos y de gloria por tantos triunfos como con-siguió de las herejías, después de haber gobernado la Iglesia como diestro piloto, santo y sabio pastor por espacio de ocho años, cinco meses y días, murió en el ósculo del Señor en el año 432, y su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria.