Equilibrio entre novedad y tradición

 

El auténtico reformador es obediente a la Fe:

no se mueve de manera arbitraria,

ni se apropia indebidamente de ninguna competencia sobre el rito;

no es el dueño, sino el custodio del tesoro instituido por el Señor y confiado a nosotros.

 

En estos días os habéis reunido en Asís, la ciudad en la cual "nació al mundo un sol," (DANTE, Paraíso, Canto XI), proclamado por el Venerable Pío XII Patrón de Italia: San Francisco, que conserva intactas su frescura y su actualidad —¡los santos no conocen el ocaso!— debido al haberse conformado totalmente a Cristo, de quien fue icono vivo. Al igual que el nuestro, también el tiempo en el que vivió San Francisco estaba marcado por profundas transformaciones culturales, favorecidas por la creación de las universidades, por el desarrollo de los municipios y por la difusión de nuevas experiencias religiosas.

 

De la Eucaristía fluye la vida evangélica de San Francisco

Precisamente en aquella época, gracias a la obra del Papa Inocencio III —el mismo de quien el Poverello de Asís obtuvo el primer reconocimiento canónico— la Iglesia comenzó una profunda reforma de la Liturgia. Eminente expresión de esto es el Concilio Lateranense IV (1215), que entre sus frutos cuenta con el Breviario. Este libro de oración contenía en sí la riqueza de la reflexión teológica y de la vivencia orante del milenio precedente. Al adoptarlo, San Francisco y sus frailes hicieron propia la oración litúrgica del Sumo Pontífice: de este modo, el santo escuchaba y meditaba asiduamente la Palabra de Dios, hasta hacerla suya e incorporarla luego tanto en las oraciones de su autoría como en general en todos sus escritos.

El mismo Concilio Lateranense IV, considerando con especial atención el Sacramento del Altar, incluyó en la profesión de Fe el término "transubstanciación", para afirmar la presencia real de Jesucristo en el Sacrificio Eucarístico: "Su Cuerpo y Sangre se contienen verdaderamente en el Sacramento del Altar bajo las especies del pan y del vino, después de tránsubstanciados, por virtud divina, el pan en el Cuerpo y el vino en la Sangre" (DS, 802).

De la participación en la Santa Misa y de la devota recepción de la Sagrada Comunión fluyen la vida evangélica de San Francisco y su vocación para recorrer de nuevo el camino de Cristo crucificado: "El Señor me dio una Fe tal en las Iglesias —leemos en su Testamento de 1226—, que así simplemente oraba y decía: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias, que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo" (Fuentes Franciscanas, n. 111)

 

¡Sacerdotes, sed santos porque el Señor es Santo!

De esta experiencia deriva también la gran deferencia que tenía por los sacerdotes y la amonestación a los frailes de respetarles siempre y en toda circunstancia, "porque nada veo corporalmente en este mundo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino el Santísimo Cuerpo y su Santísima Sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros" (Fuentes Franciscanas, n. 113).

Ante tal don, queridos Hermanos, ¡qué responsabilidad de vida no emana de ahí para cada uno de nosotros! "Considerad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes —recomendaba aún Francisco—, y sed santos, porque Él es Santo" (Carta a toda la Orden, en Fuentes Franciscanas, n. 220). En efecto, la santidad de la Eucaristía exige que se celebre y se adore este Misterio, conscientes de su grandeza, importancia y eficacia para la vida cristiana, pero requiere igualmente pureza, coherencia y santidad de vida de cada uno de nosotros, para que seamos testigos vivos del único Sacrificio de amor de Cristo. [...]

 

El auténtico reformador es obediente a la Fe

El auténtico creyente, en todo momento, experimenta en la Liturgia la presencia, la primacía y la obra de Dios. Ella es "veritatis splendor" (Sacramentum caritatis, n. 35), evento nupcial, anticipo de la ciudad nueva y definitiva, y participación en ella; es vínculo de creación y de redención, cielo abierto sobre la tierra de los hombres, paso del mundo a Dios; es Pascua, en la Cruz y en la Redención de Jesucristo; es el alma de la vida cristiana, llamada al seguimiento, a la reconciliación que mueve la caridad fraterna.

Queridos Hermanos en el Episcopado, vuestra reunión pone en el centro de los trabajos de la Asamblea el análisis de la traducción italiana de la tercera edición típica del Misal Romano. La correspondencia de la oración de la Iglesia (lex orandí) con la regla de la Fe (lex credendi) modela el pensamiento y los sentimientos de la comunidad cristiana, dándole forma a la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu. Ningún lenguaje humano puede prescindir del tiempo, incluso cuando, como en el caso de la Liturgia, es una ventana que se abre más allá del tiempo. Por lo tanto, dar voz a una realidad perennemente válida requiere el sabio equilibrio entre continuidad y novedad, entre tradición y actualización.

El propio Misal encaja dentro de este proceso. En efecto, cualquier reformador auténtico es un individuo obediente a la Fe: no se mueve de manera arbitraria, ni se apropia indebidamente de ninguna competencia sobre el rito; no es el dueño, sino el custodio del tesoro instituido por el Señor y confiado a nosotros. La Iglesia entera está presente en cada Liturgia: adherir a su forma es condición de autenticidad de lo que se celebra.

 

La esfera moral ha sido relegada al ámbito subjetivo

Esta razón os lleva, en las mutables condiciones del tiempo, a hacer aún más transparente y practicable aquella misma Fe que se remonta a la Iglesia primitiva. Esta tarea es tanto más urgente en una cultura que — como vosotros mismos decís— está experimentando un "eclipse del sentido de Dios y la ofuscación de la dimensión de la interioridad, la formación incierta de la identidad personal en un contexto de múltiples facetas y fragmentado, las dificultades del diálogo entre las generaciones, la separación entre la inteligencia y la afectividad" (Educare alia vita buona del Vangelo, n. 9). Estos elementos son el signo de una crisis de confianza en la vida e influyen considerablemente en el proceso educativo, en los que las referencias fiables se vuelven inestables.

El hombre contemporáneo ha invertido muchas energías en el desarrollo de la ciencia y de la técnica, consiguiendo en este terreno logros indudablemente significativos y notables. Sin embargo, este progreso ha sido alcanzado a menudo en detrimento de los fundamentos del cristianismo, en los que radica la fecunda historia del continente europeo: la esfera moral ha-sido relegada al ámbito subjetivo y Dios, cuando no es negado, viene siendo excluido de la conciencia pública.

No obstante, uno crece en la medida en que experimenta el bien y aprende a distinguirlo del mal, más allá del cálculo que considera sólo las consecuencias de una acción individual o que utiliza como criterio de evaluación la posibilidad de realizarla.

 

Congregar en torno a la responsabilidad educativa

Para cambiar de dirección, no es suficiente una llamada genérica a los valores, ni una propuesta educativa que se contente con intervenciones meramente funcionales y fragmentarias. Lo que se necesita, en su lugar, es una correspondencia personal de fidelidad entre sujetos dinámicos, protagonistas de la relación, capaces de tomar posición y de poner en juego su propia libertad (cf. ídibem, n. 26).

Por este motivo, es más oportuna que nunca vuestra elección de congregar en torno a la responsabilidad educativa a todos aquellos que se preocupan por la ciudad de los hombres y el bien de las nuevas generaciones. Esta indispensable alianza sólo puede iniciarse a partir de un nuevo acercamiento a la familia, que reconozca y fomente su primacía educativa: es en su interior donde se plasma la fisonomía del pueblo. [...]

De esta manera, os exhorto a que valoréis la Liturgia como fuente perenne de educación para la vida buena del Evangelio. Ésta os introduce en el encuentro con Jesucristo, que con palabras y obras edifica constantemente a la Iglesia, formándola en las profundidades de la escucha, de la fraternidad y de la misión. Los ritos hablan a través de su intrínseca racionabilidad y educan a participar en ellos consciente, activa y fructuosamente (cf. Sacrosantum Concilium, n. 11).

 

(Extractos del Mensaje al Cardenal Angelo Bagnasco con ocasión de la 62a Asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, 4/11/2010)

 

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